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Por Gilberto Soriano

Seamos sinceros. Cuando escuchamos el nombre de Ray Bradbury lo primero que se nos viene a la mente es Ciencia Ficción.  Esto se debe, quizá, a la gran popularidad que alcanzaron tres obras suyas: Fahrenheit 451 (1953), Crónicas marcianas (1950) y, en menor medida, El hombre ilustrado (1951). Si bien, los libros ya citados se desenvuelven en ambientes propicios para la literatura de anticipación, la obra de Bradbury abarca todo un variopinto de temas que van desde el género de misterio policiaco, el terror, la ya citada ciencia ficción, hasta la fantasía y el realismo meramente puro.

Vino del estío (1957) es una novela inclasificable en donde el realismo y la fantasía se unen. En un primer eje tenemos las memorias del autor: Douglas Spaulding, uno de los protagonista, bien podría ser el mismo Bradbury; y como segundo eje, la fantasía: esa perspectiva imaginaria con la que afrontan y ven la realidad los dos protagonistas de la novela, Douglas y su hermano menor Tom.  Este paralelismo hace que la trama, aparentemente sencilla, en realidad se vea muy compleja, ya que esa pequeña línea que divide lo real de lo imaginario es tan tenue que el lector se ve transportado a un pueblo fantástico llamado Green Towns, lugar en donde se desarrolla la historia.

Green Towns es una especie de Mancondo. Un pueblo mágico y ficticio ubicado en algún lugar de los Estados Unidos. Pero ojo, la magia de este pueblo no radica en el lugar en sí, sino en la memoria, la infancia y la imaginación.  Al igual que en otras novelas o cuentos del autor, las máquinas-robots, los seres fantásticos y el terror están presentes en cada habitante de este pueblo mágico. Una máquina de la felicidad que sólo trae infelicidad al creador; una máquina verde que si bien facilita el trabajo a los humanos, los llena de miedo; una máquina del tiempo que sólo va al pasado y que vive en las memorias de un viejo coronel; brujas sin piedad que se ven redimidas con el amor y el miedo; asesinos y demás seres fantásticos que sólo Green Towns puede  albergar.

Para descubrir ese realismo mágico de Green Towns debemos ver la vida no con racionalidad, sino con esa ingenuidad infantil que perdimos en el  momento en el que comenzamos a crecer. Douglas Spaulding de 12 años descubre que está vivo justo en el primer día de vacaciones de verano de 1928. ¿Cuántos de nosotros, ya siendo adultos, hemos sentido esa necesidad y conocimiento de estar vivos?

La novela comienza con una reflexión de un niño de 12 años y va desencadenando una serie de sucesos y enseñanzas en donde la soledad, la pérdida, la amistad, el miedo, la enfermedad, la muerte y el amor son vistos como aventuras y juegos infantiles. A veces crueles, a veces divertidos. No cabe duda, Bradbury reflexiona con nosotros y nos invita a pensar en la condición humana y en la filosofía infantil que hemos perdido poco a poco gracias a los nuevos tiempos y todos los cambios que esto implica.

Vino del estío es una de esas novelas que transciende de todo género literario y que desprende al autor de esa etiqueta que errónea y falazmente le hemos adjudico: la mera ciencia ficción. La  prosa fantástica, la poesía y la filosofía moral de Bradbury se funden  para formar un libro de memorias, por así decirlo, superior a sus otras obras literarias. Debo confesar que tras haber leído la novela, mi perspectiva de ver el mundo cambió por completo. Resignifiqué esos pequeños detalles que dejé de ver justo cuando comencé a crecer.

Colación: No cabe duda, Ray Bradbury es más que Crónicas Marcianas y Fahrenheit 451.

Ray Bradbury. El Vino del estío / Dandelion wine (1946), tr., de Francisco Abelenda. México, Minotauro, 1994.

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