oscar herndez

Leo fue claro: Te veo a las 12:30, puntual. Y ni como rebatirle. Días antes quedé de verlo para entregarle un libro que deseaba comprarme. Por algunos infortunios no llegué a la cita. Quise marcarle a su móvil, pero por X complicaciones no pude. Total, esa vez lo dejé plantado y no volvería a repetir la situación. La irresponsabilidad no va conmigo.

    Llegué con cinco minutos de retraso al lugar acordado. ¿Has viajado en el metro de la ciudad de México? Si es así, entonces sabrás que la puntualidad es un factor no que depende de uno. En fin, cuando llegué a Tacubaya, Leo ya estaba ahí. Tan impaciente como siempre.

− ¿Trajiste los libros? −Fue lo primero que me preguntó. Un saludo no iría mal, ¿no crees, Leo?

−Claro, amigo, chécalos. Ya sabes, precio de cuates. −Le contesté. A un amigo no se le debería vender libros, pero la situación en México está cabrona, así que nos tenemos que aguantar. El capitalismo nos exige y nosotros respetemos. Es la ley.

Te puedo decir que mi acción capitalista me hizo sentir un poco mal. Los libros que le vendí a Leo no eran para su negocio, él también se dedica al mismo jale, sino para una labor altruista: apoyar el proyecto de un amigo. Al menos, eso fue lo que me dijo.

El plan era recopilar libros para realizar un intercambio en una cafetería cercana a la Prepa 4, claro, el dueño del lugar es amigo de Leo. Matar dos pájaros de un solo tiro. Fomentar la lectura a los chavos por medio de libros libres y de paso generar más clientes. Así de sencillo. Genial, ¿no?

Pues hicimos la transacción sin problema alguno y nos dirigimos a la cafetería del amigo de Leo para dejar los libros, tomarnos un café y platicar. Siempre es bueno conocer nuevas personas. Y más si esas personas son dueñas de cafeterías o librerías. En fin, esa tarde tenía que ir a la facultad, así que un buen café acompañado de una charla sería un aliviane.

Cuando llegamos al lugar, mi amigo me presentó al dueño de la cafetería: un hombre de mediana edad, con un semblante amigable que a simple vista te inspira confianza y conocimiento. Quizá por su cabellera y barbas tan bien recortadas y pulcras; quizá por su vestimenta, una mezcla de informalidad pegándole a lo formal, algo más que un simple casual.

Su nombre es Oscar Hernández y de inmediato supuse que entablaríamos una excelente amistad, lo cual se confirmó con la charla que tuvimos. Literatura, filosofía, arte, historia, cultura náhuatl y sobre todo música fueron los temas que Leo, Oscar y yo debatimos en esas escasas dos horas. Tiempo suficiente para que mi nuevo amigo me diera toda una cátedra de música y filosofía prehispánica. Claro, todo esto sin dejar a un lado el café, los molletes y la música de fondo…

Podría seguir describiendo toda la charla que ese día tuvimos, pero no quiero cansarte con trivialidades. Así que voy al meollo del asunto. Sin duda alguna, nuestro país posee una riqueza cultural tan basta, que inicia desde nuestras raíces y se refleja con el trabajo de muchos de nuestros artistas. Algunos, tratan de exponer en su arte toda una cosmovisión de lo que fuimos y de lo que somos. Otros, tomando influencias de distintos lados, se apropian de una cultura y lo adaptan a la nuestra, creando así una amalgama interesante.

¿Cuál es el trabajo de Oscar Hernández? Hacer música con instrumentos o corte prehispánico. Música que no sólo es inspiración, sino también el resultado de una investigación histórica, cultural y social. Escuchar un disco de Oscar es como leer un poema épico, una novela y un libro de historia y filosofía prehispánica.

Esa tarde escuchamos su primer álbum Tonatiuhkualo, El sol eclipsado (1991) y, créeme, quedé asombrado. Las voces y los ritmos que evocan el disco nos recuerdan nuestro origen, nuestras raíces. Los caracoles, los teponaztles, las flautas y demás instrumentos, los cuales, sinceramente, desconozco, entonan un canto sobrio, misterioso y oscuro, que de inmediato nos transportan a un México antiguo devorado por la oscuridad. Y es que justamente Tonatiuhkualo significa en náhuatl “El sol comido”.

Cuando ocurría un eclipse, nuestros antepasados creían que un ser sobrenatural trataba de devorar al sol, y para salvarlo y lograr que éste volviera alumbrar, hacían todo un ritual. Primero buscaban a los Iztzontlakameh, que quiere decir hombres de cabello blanco, albinos, para ofrecerlos en sacrificio, ya que creían que eran hijos del sol. Una vez hecho esto, recorrían los templos cantando y tañendo instrumentos con el fin de ayuntar al ser sobrenatural que se estaba comiendo al sol y así evitar que descendiera a devorarlos a ellos. Si quieren saber más de esta historia, vale la pena escuchar el disco y sentir por medio de la música todo este ritual mágico y cosmogónico.

En fin, si algún día andas por Tacubaya y deseas tomarte un buen café, entablar una charla amena, intercambiar libros o escuchar de buena música no dudes en visitar Caferrusco, la cafetería de Oscar Hernández. Aquí les dejo el Facebook de la cafetería y un poco del trabajo de Oscar Hernández.

Shalom.

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